Necesitaba contarlo, contárselo. No es que fuera malo, no, pero necesitaba sacarlo, compartirlo, no quería guardarlo más. Especialmente con ella. Le daba miedo que ella se molestase, incluso que la espantara o saliera corriendo cuando lo supiera. Pero era necesario, debía hacerlo. Esa mañana decidió que sería la mañana ideal. Tras desayunar, la abrazó por la espalda, le besó en la mejilla y le dijo "debo decirte algo". Ella tornó su semblante serio, preocupado. Incluso, frunció un poco el ceño y tensó la mirada. "Dime", exclamó ella casi conteniendo la respiración. Se sentaron, la miró a los ojos y le tomó las manos. Y tras un suspiro le dijo, "te quiero".
Todo podía salir mal, pero también salir bien. Le preocupaban las calidades, era una mujer noble y entera, solemne, educada. Todo podía ser zafio y vulgar, pero también podía ser divertido y fresco. Todo podía ser falso, las miradas, las palabras, incluso las verdades podían ser falsas, pero también todo podía ser cierto, único y verdadero. Quería que su vida fuera verdad, lo máximo posible, era una mujer auténtica y quería seguir siéndolo. Todo podía ser noble y duradero, toda una vida, pero también podría ser efímero, muy efímero. Quería que fuera lo que fuese, durase para siempre, porque sabía que el amor de verdad, lo único que ella buscaba, solo lo da el tiempo. Todo podía ser o no ser, y de nada servía pensar ni dudar. La vida es así. Y así, confiando en su pálpito inicial, echó a andar.
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